La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—¿Y qué le dijo usted, don Ernesto?

—Le dije lo que cualquier abogado decente respondería: que la única persona que decide si él duerme en su cama o en una celda de tres por tres se llama Mariana Méndez. ¿Qué quieres hacer, hija?

Miré a Sofía, que terminaba de pintar con crayolas una hoja de papel en la mesita de centro de nuestra pequeña sala. Había dibujado una casa grande con un jardín verde, un horno de pan humeante y dos figuras tomadas de la mano bajo un sol sonriente: ella y yo.

—Dígale a Ricardo que la oferta de las cuarenta y ocho horas sigue corriendo —respondí con una serenidad implacable—. Pero dígale también que no acepto intermediarios. Si quiere salvarse del penal, quiero que él mismo venga a mi casa esta noche, con todas las escrituras originales, los cheques de caja certificados y la confesión notariada firmada de su puño y letra.

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