La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.
A las nueve y media, mientras Sofía dormía plácidamente en su cama arropada bajo tres mantas calientes, tres golpes suaves y vacilantes resonaron en la puerta de madera de mi modesto departamento de Xanenetla.
Me acerqué a la mirilla con el pulso firme.
Al otro lado no estaban los gritos de mi madre ni la soberbia histérica de mi hermana. Había un hombre completamente destruido. Ricardo estaba de pie bajo la luz amarilla del rellano, empapado por una nueva llovizna, con los ojos hinchados de tanto llorar y un maletín de cuero negro apretado contra el pecho como si fuera su último salvavidas en medio de un naufragio.
Abrí la puerta despacio, mirándolo desde la altura de mi dignidad intacta.
—Pasa, Ricardo —le dije con voz tranquila—. Deja el maletín sobre la mesa. Ha llegado la hora de que paguen, hasta el último centavo, el precio de haber puesto el plato de mi hija en el suelo.
PARTE 3: