Ricardo cruzó el umbral arrastrando los pies, como si cada paso le pesara una tonelada.
El hombre arrogante que horas antes me miraba por encima del hombro en la panadería ya no existía. En su lugar había una sombra temblorosa, con las ojeras moradas y la corbata arrugada metida en el bolsillo del saco. Miró con pudor las paredes humildes de mi sala, el mantel de hule floreado y los juguetes ordenados de Sofía en una esquina.
Cerré la puerta con llave y me quedé de pie junto al marco, con los brazos cruzados.
—Ponlo en la mesa —ordené con voz neutra.
Ricardo obedeció sin chistar. Colocó el maletín de cuero sobre la mesa, presionó los broches dorados con dedos temblorosos y levantó la tapa.
Adentro no solo había fajos de documentos legales y cheques de caja. En el fondo descansaba una grabadora de voz plateada, dos pasaportes con visas extranjeras y una carpeta negra con un sello que decía: Confidencial / Notaría 7.