La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—No vine solo a suplicarte por mi libertad, Mariana —dijo Ricardo, con la voz quebrada mientras se dejaba caer en una silla de madera—. Vine porque Fernanda y tu madre me tendieron una trampa mortal a mí también.

Lo miré con desconfianza, sin mover un solo músculo del rostro.

—No intentes lavarte las manos ahora, Ricardo. Tú firmaste cada retiro.

—¡Porque estaba cegado! —exclamó en un susurro desesperado, temiendo despertar a la niña—. Pero esta tarde, cuando salimos de la panadería con el agua al cuello, descubrí lo que Fernanda estaba haciendo a mis espaldas. Mientras yo intentaba contactar a mis socios para frenar el embargo, la encontré en nuestro vestidor haciendo maletas. Tenía su pasaporte, el de los niños y un boleto de avión solo de ida a Madrid para mañana al mediodía.

Ricardo sacó los boletos impresos y los arrojó sobre la mesa.

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