—Me iba a dejar solo aquí para cargar con todo el peso penal del fraude —prosiguió, con los ojos anegados en lágrimas de pura rabia—. Pero hay algo todavía más oscuro, Mariana. Algo que tu madre y ella juraron llevarse a la tumba, y que explica por qué te odian con tanta saña.
Sentí una punzada helada en el pecho.
—Habla claro.
Ricardo tomó la carpeta negra y la abrió frente a mí.
—Tu padre no murió de complicaciones respiratorias imprevistas. Don Alberto se enteró del desvío de dinero tres meses antes de fallecer. Descubrió que tu madre llevaba años falsificando sus cheques de pensión para pagar las deudas de juego que ella tenía en casinos de Angelópolis. Cuando tu padre amenazó con divorciarla y dejarte a ti como heredera universal absoluta de todos sus bienes, Patricia y Fernanda lo aislaron en su propia habitación.