«Patricia... no toques a Mariana... ni a mi nieta... Ellas son mi sangre limpia... Todo lo que trabajé es para Sofía... Si les robas... el castigo te va a alcanzar... Dios no se queda con nada...».
Y luego, la voz gélida de mi madre, desprovista de cualquier rastro de humanidad:
«Cállate ya, Alberto. Mariana nació para servir, igual que tú. No voy a permitir que una mocosa sin padre se quede con lo que nos corresponde para vivir como señoras. Duérmete ya y déjanos en paz».
El audio terminó con un estertor apagado.
Me quedé inmóvil, con las lágrimas ardiéndome en los ojos, pero esta vez no era dolor lo que sentía. Era una furia implacable, antigua y definitiva. Recordé las noches que pasé llorando en el hospital, cuando mi madre me prohibía pasar a terapia intensiva diciendo que mi padre estaba «demasiado alterado» para recibir visitas. Todo había sido un plan calculado.