La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—Mariana —suplicó Ricardo, arrodillándose en el suelo frente a mí sin importarle manchar su pantalón de diseñador—. Tengo la confesión firmada ante notario donde declaro a Fernanda y a Patricia como autoras materiales e intelectuales. Te entrego los títulos de los dos departamentos de Cholula a nombre de Sofía para restituir el capital base con creces, y trescientos mil pesos en efectivo que pude rescatar antes de que la Fiscalía bloqueara mis cuentas personales. Solo te pido una cosa: no me metas a mí en la acusación de tentativa de homicidio ni de fraude agravado. Déjame salvar mi licencia.

Miré al hombre arrodillado. Tenía el mismo aspecto que Fernanda había querido darle a mi hija cuando le puso el plato en el suelo.

—Te vas a presentar mañana a las ocho de la mañana en el despacho de don Ernesto —dije con una frialdad tajante—. Vas a firmar la cesión irrevocable de los departamentos a nombre exclusivo de Sofía. Y luego vas a acompañar a los agentes ministeriales a la casa de mi madre. Tú mismo abrirás la puerta.

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