—Lo haré —prometió él, besando temblorosamente la madera de la mesa—. Lo haré, te lo juro por mis hijos.
La mañana siguiente amaneció con un cielo azul y transparente sobre Puebla.
A las nueve en punto, una caravana de tres camionetas de la Policía Ministerial y el coche del Licenciado Ernesto Morales se estacionó discretamente en la esquina de la calle donde vivía mi madre.
Yo iba en el asiento del copiloto del coche de don Ernesto, vestida con un pantalón oscuro y una camisa blanca impecable. En el asiento trasero, una actuaria judicial y dos peritos contables revisaban la orden de cateo y la orden de aprehensión inmediata girada por el Juzgado Penal de Control.
Ricardo bajó de su coche, cruzó la reja con sus llaves y abrió el portón de madera maciza.
Entramos al jardín donde cuarenta y ocho horas antes se había celebrado el cumpleaños. Las mesas largas todavía estaban puestas, con los manteles arrugados, los platos sucios llenos de restos de pizza fría y las copas a medio tomar. La casa entera olía a abandono y resaca moral.