La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

En la sala principal, las maletas de Fernanda ya estaban alineadas junto a la chimenea.

Fernanda bajaba la escalera cargando a su perro pomerania en brazos, vestida con un conjunto de viaje y gafas de sol, mientras mi madre revisaba un joyero en el comedor, guardando anillos y gargantillas en un bolso de mano.

—¡Ricardo, al fin llegas, inútil! —gritó Fernanda sin mirar bien hacia la puerta—. ¿Dónde demonios te habías metido? El taxi al aeropuerto está por llegar y el banco sigue diciendo que mis tarjetas están bloqueadas. Tienes que...

Se quedó muda a mitad del pasillo.

Detrás de Ricardo entraron cuatro agentes uniformados con chalecos tácticos de la Fiscalía del Estado, seguidos por don Ernesto y por mí.

A mi madre se le cayó el joyero de las manos. Las cadenas de oro y los aretes de perlas rodaron por las baldosas pulidas con un tintineo seco.

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