La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—¿Qué... qué es esto? —balbuceó Patricia, retrocediendo hasta chocar contra el aparador de caoba—. ¿Ricardo? ¿Qué hace aquí esta gentuza? ¡Mariana! ¡Saca a estos hombres de mi casa ahora mismo!

La actuaria judicial dio un paso al frente y desplegó un documento oficial con sellos rojos.

—Señora Patricia Salgado viuda de Méndez y señora Fernanda Méndez Salgado: tengo en mis manos una orden judicial de cateo, embargo precautorio y ejecución de mandamiento de aprehensión por los delitos de despojo patrimonial agravado, fraude procesal, falsificación de documentos y asociación delictuosa en perjuicio de la menor Sofía Méndez.

Fernanda soltó al perro, que corrió a esconderse bajo los sillones.

—¡Esto es una ridiculez! —gritó mi hermana, perdiendo los papeles por completo y señalando a su marido con un dedo acusador—. ¡Ricardo, haz algo! ¡Eres el abogado de la familia! ¡Diles que no tienen derecho a entrar aquí!

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