La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

Ricardo no la miró a los ojos. Se quedó parado junto a la puerta, con la vista fija en el suelo.

—Yo no soy tu abogado, Fernanda —dijo él con una voz rota pero firme—. Ya rendí mi declaración ministerial esta madrugada. Entregué las grabaciones de la caja fuerte, los registros de transferencias y la confesión íntegra de cómo tú y tu madre desviaron los fondos de don Alberto. Te descubrí los boletos a Madrid, Fernanda. Ibas a dejarme hundirme solo.

El rostro de Fernanda pasó de la soberbia a un terror visceral. Se volvió hacia mí, con las uñas crispadas:

—¡Maldita muerta de hambre! ¡Nos arruinaste la vida! ¡Todo esto es por tu culpa y por la bastarda de tu hija!

—¡Cállate la boca! —rugí con una fuerza que resonó por toda la casa, haciéndola callar en seco—. Te pasaste cinco años gastándote el dinero que mi padre dejó para la educación de mi hija. Te compraste camionetas, joyas y ropa cara mientras me veías romperme la espalda horneando pan para que a Sofía no le faltaran zapatos. Y todavía tuviste el descaro de poner su plato en el suelo ante treinta personas para sentirte superior.

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