—¡Mariana, por piedad, soy tu madre! —gritó Patricia, cayendo de rodillas sobre las joyas esparcidas, intentando aferrarse al dobladillo de mi pantalón—. ¡No permitas que me lleven! ¡Tengo la presión alta, me voy a morir en una celda! ¡Todo lo que hice fue para proteger el patrimonio de la familia!
Me aparté dos pasos hacia atrás, evitando que sus dedos me rozaran.
—Tú dejaste de ser mi madre la noche que dejaste morir a mi padre sin sus medicinas para quedarte con su dinero —le dije, mirándola con un desprecio tan absoluto que sus lágrimas fingidas se congelaron—. Y dejaste de ser abuela el día que te reíste a carcajadas viendo a tu nieta llorar en el suelo junto a un perro.
La actuaria asintió hacia los oficiales:
—Procedan.
Dos policías se acercaron a Fernanda. A pesar de sus pataleos, sus gritos histéricos y sus insultos desquiciados, le colocaron las esposas de metal a la espalda. El chasquido del acero resonó en la sala con una justicia poética inapelable. Fernanda, la mujer que se jactaba de su elegancia dorada, fue sacada a rastras por el jardín, descalza y despeinada, mientras los vecinos del fraccionamiento salían a sus balcones a grabar con sus teléfonos la caída de la gran señora.