La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—Tenía hambre, mamá... —gimió ella, escondiendo la carita en mi pecho—. Olía tan rico la carne que hiciste...

—Vas a comer como la reina que eres —le prometí, besándole la coronilla mientras las lágrimas de rabia pura se me secaban en las mejillas convertidas en fuego—. Y esta noche empieza una vida nueva para nosotras.

Unos golpes secos e impacientes contra la ventanilla del conductor me hicieron levantar la vista.

Era Fernanda. Tenía el rostro desencajado por la furia, el carmín corrido en la comisura de los labios y su costoso vestido dorado salpicado por las gotas de lluvia. Detrás de ella venía mi madre, sujetándose el chal de lana con manos temblorosas, mientras varios invitados asomaban la cabeza por el portón de la casa con copas de vino en la mano, murmurando escandalizados.

—¡Abre la maldita puerta, Mariana! —chilló mi hermana, intentando forzar la manilla del coche—. ¡Bájate ahora mismo de este trasto viejo y devuelve las bandejas! ¡Los invitados de Ricardo se están quejando de hambre! ¿Cómo te atreves a llevarte la comida del cumpleaños de mamá, muerta de hambre?

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