La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—Mamá... ¿hice algo malo? —la vocecita de Sofía me arrancó del abismo con un sollozo ahogado—. La abuela se puso muy brava cuando vio mi tarjeta. La apretó en su puño y me dijo que no dejara porquerías en su mesa elegante. Luego fue al baño y la tiró al cubo. Yo solo quería sacar mi dibujo porque tardé tres días en colorear las flores... y ese papel estaba pegado debajo.

Dejé caer el documento sobre mi regazo, me desabroché el cinturón y me pasé al asiento trasero para estrechar a mi hija entre mis brazos. Sofía rompió a llorar contra mi cuello con una angustia que me desgarró el alma. Era el llanto contenido de una niña de ocho años que acababa de comprender que en la casa de su abuela no había amor, sino veneno.

—Mírame, mi vida —le susurré, limpiándole las lágrimas con la manga de mi chaqueta y sosteniendo su barbilla con infinita ternura—. Escúchame con toda tu fuerza: tú eres la niña más valiosa, más hermosa y más buena de este mundo. No has hecho nada malo. Lo que pasó hoy en esa mesa no fue tu culpa. Jamás vuelvas a agachar la cabeza ante nadie, ¿me oyes? Ni ante tu tía, ni ante tu abuela, ni ante el rey del mundo. Te juro por la memoria de tu abuelo Alberto que mientras yo respire, nadie volverá a ponerte un plato en el suelo.

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