La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

Bajé la ventanilla apenas dos centímetros. El aire frío de la tarde se coló en el habitáculo, trayendo consigo el olor dulzón de su perfume importado, el mismo que ahora sabía que había pagado mi hija.

—La comida la cociné yo, los ingredientes los pagué yo con mis horas de desvelo, y no pienso dejar que un solo bocado alimente a una jauría de hipócritas —dije con una voz tan gélida y pausada que Fernanda retrocedió medio paso, desconcertada por mi falta de lágrimas.

Mi madre metió los dedos en la rendija de la ventanilla, con los ojos inyectados en sangre.

—¡Mariana, eres una malnacida! —gritó Patricia, perdiendo por completo la compostura aristocrática que tanto ensayaba ante sus amistades—. ¡Me estás arruinando la fiesta ante treinta personas! ¡Devuelve la tarta inmediatamente o te juro que te desconozco como hija! ¡No vuelves a pisar esta casa en tu vida!

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