Miré por última vez la sala de techos altos, los cuadros pretenciosos y las cortinas de terciopelo. En ese lugar no quedaba nada que tuviera valor para mí. Solo había recuerdos de desprecio y vanidad podrida.
—Véndala, don Ernesto —le dije al anciano abogado—. Venda esta casa en cuanto la ley lo permita. Ni Sofía ni yo volveremos a respirar este aire. Con ese dinero crearemos un fondo educativo blindado y abriremos el obrador que mi padre siempre soñó.
Seis meses después.
La esquina de la calle 4 Poniente, en el corazón colonial de Puebla, olía a gloria bendita. El aroma a masa de centeno recién fermentada, mantequilla tostada, hojaldre crujiente y vainilla natural inundaba la acera empedrada.
Sobre la fachada de cantera gris brillaba un letrero de hierro forjado con letras doradas: Panadería y Taller Artesanal «Don Alberto».
El local estaba repleto. Las vitrinas de madera y cristal exhibían hogazas campesinas, conchas de chocolate amargo y pasteles de tres pisos decorados con flores naturales de azúcar. Don Tomás, que había decidido asociarse conmigo para expandir la tradición, atendía la caja con su sonrisa abierta y su delantal impecable.