En el fondo del local, en un patio interior techado con vigas de madera y enredaderas de jazmín, había una mesa alargada de roble macizo.
Sentados alrededor de la mesa estaban la hermana Teresa y diez niños del albergue «Nuestra Señora de la Esperanza», vestidos con sus mejores ropas, devorando platos abundantes de lomo horneado, ensaladas frescas y chocolate espeso servido en tazas de barro.
En la cabecera de la mesa, sentada en una silla alta de terciopelo azul marino, estaba Sofía. Llevaba un vestido blanco de fiesta y una corona de flores en el pelo. Reía con el rostro iluminado, partiendo con sus propias manitas una rebanada de tarta para el niño más pequeño que estaba a su lado.
Don Ernesto se acercó a mí en la barra, sosteniendo una taza de café caliente.
—El juez dictó sentencia definitiva esta mañana, Mariana —me dijo en voz baja, para no interrumpir las risas de los niños—. Nueve años de prisión efectiva para Fernanda en el penal de San Miguel, sin derecho a fianza por desvío patrimonial agravado. A tu madre, por su edad, le concedieron prisión domiciliaria bajo custodia en un cuarto de asistencia social en Tehuacán; sus hermanas se negaron a recibirla y las amistades del club le cerraron las puertas definitivamente. Ricardo perdió la cédula profesional y fue inhabilitado para ejercer el derecho por diez años; ahora trabaja como pasante administrativo en un juzgado municipal de provincia.