La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

Escuché las noticias sin rencor, pero sin una gota de piedad. Cada uno había cosechado con exactitud el fruto amargo de su propia siembra.

—Gracias por todo, don Ernesto.

—No me des las gracias a mí, muchacha. Se las debes a la memoria de tu padre... y a la fuerza que tuviste para no permitir que rompieran el espíritu de esa pequeña.

Caminé hacia la mesa principal. Sofía levantó la vista, me vio llegar y abrió los brazos con una sonrisa radiante.

—¡Mami, mira! —dijo señalando la mesa llena de platos humeantes y las caras felices de sus amiguitos—. ¡Hoy todos tenemos silla!

Me agaché junto a ella, le acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y le di un beso suave en la mejilla.

—Sí, mi vida —le respondí, mirando a cada uno de los niños que comían con alegría y dignidad en nuestro propio hogar—. En esta mesa nunca más va a faltar un lugar para quien tenga hambre. Y mientras Dios nos dé vida, nadie volverá a comer en el suelo.
No había sido Paige quien los había llamado.
No había sido Paige quien los había llamado.
PARTE 2 :

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