Miré a mi madre directamente a los ojos. En su mirada no había ni un ápice de remordimiento por haber dejado a su nieta en el suelo junto a un perro. Solo había vanidad herida y el terror mezquino a quedar en ridículo frente a sus invitados de alcurnia.
—Llegas tarde, mamá —respondí, mirándola fijamente a las pupilas mientras levantaba el papel judicial doblado para que solo ella pudiera vislumbrar el membrete azul—. Ya no tienes hija. Y Sofía ya no tiene abuela. Pero muy pronto vas a tener que buscarte un muy buen abogado.
El rostro de mi madre perdió todo el color en un segundo. Sus labios se abrieron en un gesto mudo de puro espanto; reconoció el documento al instante. Dio un traspié hacia atrás, llevándose una mano al pecho como si le faltara el aire.
Arranqué el motor. El viejo motor tosió una vez, agarró fuerza y metí primera sin vacilar. Fernanda tuvo que apartarse de un salto sobre el fango de la orilla para no ser rozada por el guardabarros, soltando una retahíla de maldiciones e insultos vulgares que resonaron por toda la calle residencial.