Por el retrovisor vi la estampa final: mi madre inmóvil bajo la llovizna, pálida como un cadáver, y mi hermana pataleando en el barro con sus zapatos de tacón, mientras en el jardín los invitados observaban la mesa vacía, sin un solo plato de comida que llevarse a la boca.
Aceleré rumbo a la avenida principal. El maletero iba repleto con las cacerolas humeantes de lomo adobado, las fuentes de ensalada fresca, las hogazas de pan artesanal y la majestuosa tarta de tres pisos que me había costado noches enteras de espaldas rotas y pies hinchados.
—Mamá... ¿adónde vamos? —preguntó Sofía, asomándose tímidamente entre los dos asientos delanteros.
—A cenar con personas de verdad —le respondí, sintiendo cómo una extraña serenidad se apoderaba de mi pulso.
Manejé durante veinte minutos hasta las inmediaciones del barrio de San Antonio, cerca del Centro Histórico. Me detuve frente al portón de hierro del Albergue Infantil y Comunitario «Nuestra Señora de la Esperanza», una institución modesta atendida por voluntarias y religiosas que acogía a mujeres víctimas de violencia y a niños en situación de calle. Durante los últimos años, cuando me sobraba algo de harina o masa en la panadería, solía llevarles pequeñas bolsas de pan blanco para el desayuno de los pequeños.