Las tilapias pasaron entre ellas.
El agua siguió avanzando.
Y esta vez, antes de regresar a su parcela, Altagracia hizo algo que no había hecho en meses.
Sacó una pequeña libreta.
Anotó la medida.
Después escribió la fecha.
Y dejó la libreta junto a la piedra que había llevado a casa.
No necesitaba que el pueblo volviera a reírse.
Tampoco necesitaba que le pidieran perdón.
Lo que había cambiado era más útil que cualquiera de esas cosas.
Ahora, cuando el agua bajaba, alguien tenía que mirar.
Cuando una zanja se tapaba, alguien tenía que revisar.
Y cuando una decisión afectaba a todos, ya no bastaba con decir que una mujer sola no necesitaba tanta agua.
Había que demostrarlo.
Altagracia había gastado más de lo que podía permitirse para comprar aquellas cuatrocientas tilapias.
Había entregado dos guajolotas.