Alejandro hizo lo mismo.
No quería que una posible traición financiera terminara ocultando lo más urgente.
Sus cuatro hijas habían aprendido a pedir perdón por tener hambre.
Eso era el centro.
A la madrugada, cuando la casa por fin quedó tranquila, Alejandro regresó al cuarto cerrado.
Encendió la luz.
Entre las cajas encontró una que no había enviado él.
No contenía documentos secretos ni una revelación inesperada.
Solo objetos de Mariana que Vanessa había retirado de las habitaciones de las niñas.
Un cepillo para el cabello.
Dos libros infantiles.
Una bufanda.
Varias fotografías familiares.
Emma apareció en la puerta.
Alejandro se sorprendió.
—¿Por qué no estás durmiendo?
—Quería saber si te habías ido.
Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de él.
—No.
Emma señaló la caja.
—Esa era de mamá.
Alejandro asintió.
—Sí.
—Vanessa dijo que nos hacía llorar y que por eso era mejor guardarla.