Alejandro tomó una de las fotografías.
En ella, Mariana estaba sentada en el jardín con las cuatro niñas todavía bebés.
Por primera vez entendió que Vanessa no solamente había controlado comida, calefacción y objetos.
También había decidido qué recuerdos podían conservar las niñas.
Eso explicaba otra parte del miedo.
No era una serie de castigos separados.
Era una casa donde cada necesidad podía convertirse en permiso.
Comer dependía de obedecer.
Tener calor dependía de obedecer.
Usar sus propias cosas dependía de obedecer.
Recordar a su madre también había terminado dependiendo de obedecer.
Alejandro dejó la fotografía en manos de Emma.
—Esto es tuyo.
Emma la sostuvo con ambas manos.
—¿No se va a enojar?
—Ya no tienes que pedirle permiso a Vanessa para tener algo de tu mamá.
Emma miró la imagen.