Sus manos se quedaron quietas.
“No pasa nada”, murmuró.
Pero sí pasaba.
Pasaba mucho.
Me senté frente a él.
“¿Quieres que hablemos de eso?”
Lucas encogió los hombros.
Ese gesto suyo me dolía más que un llanto.
Porque un niño que llora todavía espera algo.
Un niño que se encoge de hombros ya está intentando acostumbrarse a no pedir demasiado.
“No sé”, dijo. “Solo pensé que si una flor está en una silla, alguien la puede quitar.”
Respiré hondo.
“Puede”, contesté. “Pero también se puede regar todos los días.”
Lucas levantó los ojos.
“¿Y si alguien se cansa?”
Me quedé unos segundos sin saber qué decir.
Porque yo quería responderle algo perfecto.
Quería decirle que nadie se cansa nunca de amar a un hijo. Que una madre siempre sabe hacerlo bien. Que las heridas se curan con abrazos y pastel casero.