“¿Y si la flor también se va?”
Me quedé quieta con la taza de café en la mano.
La casa estaba en silencio. Desde el pasillo se escuchaba el sonido suave de Lucas moviéndose en su habitación, abriendo cajones, buscando ropa para el colegio.
Me acerqué a la mesa y pasé los dedos por el borde de la hoja.
No lloré.
No todavía.
Porque hay momentos en los que una madre no puede permitirse romperse, aunque por dentro se le caiga todo.
Doblé el dibujo con cuidado y lo guardé en el bolsillo de mi bata.
Cuando Lucas entró en la cocina, llevaba la camiseta verde que tanto le gustaba. La misma del dibujo del día anterior.
No me miró de frente.
Se sentó a desayunar y empezó a partir una magdalena en migas pequeñas.
“Cariño”, le dije despacio, “he visto tu dibujo.”