La silla vacía que enseñó a un niño dónde crece la verdadera familia

No para sustituirte.

Para ayudar a sostenerlo.

Cuando volví a casa, me quedé un rato frente a la verja de doña Amalia.

Sus macetas estaban perfectamente alineadas, como siempre. Geranios, albahaca, una planta seca que ella se negaba a tirar porque, según decía, “a veces lo seco solo está esperando”.

Toqué el timbre.

Tardó en abrir.

Apareció con su rebeca gris, el bastón en una mano y esa mirada seria que parecía no regalar nada.

“Buenos días”, dije. “Perdone que moleste.”

“No molesta.”

Eso fue todo.

Me quedé allí, torpe, sin saber cómo empezar.

Al final saqué el dibujo del bolsillo.

Ella lo miró en silencio.

No hizo ningún gesto exagerado.

No dijo “pobrecito”.

No dijo “qué pena”.

Solo pasó el pulgar por la flor amarilla, como si estuviera tocando algo vivo.

“Anoche no habrá dormido mucho”, dijo.

Negué con la cabeza.

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