Tardó en contestar.
“Un sitio por si alguien cambia de opinión.”
Ahí se me rompió la voz.
Porque entendí que, aunque yo lo abrazara todos los días, aunque le preparara la cena, aunque le leyera cuentos, había una parte de él que todavía temía ser dejado atrás.
Lo peor no fue solo la frase de mi cuñado.
Fue el silencio.
Ese silencio tan común en muchas familias, cuando alguien dice algo cruel y los demás miran al plato, como si no hubieran escuchado.
Como si callarse fuera mantener la paz.
Pero para un niño, ese silencio también habla.
Entonces escuché el golpe suave de un bastón contra el suelo.
Doña Amalia se levantó.
Todos la miramos.
Pensé que se iba a marchar. Que la situación le había resultado incómoda. Que prefería volver a su casa, cerrar su puerta y no meterse en problemas ajenos.