Pero no fue hacia la salida.
Fue hacia Lucas.
Se sentó despacio a su lado y puso una mano arrugada junto a la suya.
“¿Puedo ver tu dibujo?”, le preguntó.
Lucas asintió.
Doña Amalia miró la hoja durante unos segundos. Luego abrió su bolso pequeño y sacó una fotografía antigua, doblada por las esquinas.
En la foto aparecía una niña flaca, seria, con zapatos demasiado grandes.
“Esa soy yo”, dijo.
Lucas levantó la cabeza.
“Yo también fui una niña que no pudo quedarse con su primera familia.”
Nadie dijo nada.
Ni mi cuñado.
Ni yo.
Ni los demás.
Doña Amalia acarició la foto con el dedo.
“Durante mucho tiempo pensé que había algo malo en mí. Pensaba que los niños queridos se quedaban donde nacían.”
Su voz era tranquila, pero sus ojos estaban llenos de años.