Se quedó del otro lado.
—Puedes evitar problemas —dijo—. Vende ahora.
Ahí estaba.
No seguridad.
No miedo.
La tierra.
Mercedes sintió que algo dentro de ella se acomodaba.
Durante meses había pensado que Evaristo esperaba verla cansada, endeudada o enferma.
Ahora sabía que estaba dispuesto a convertir cualquier cosa en presión.
—¿Viniste hasta aquí para proteger al pueblo o para comprar mi casa?
Uno de los hombres junto a Evaristo volteó a verlo.
Evaristo dejó de sonreír.
—No mezcles asuntos.
—Tú los mezclaste.
Mercedes soltó la cuerda lo suficiente para que Nube pudiera bajar la cabeza hacia la nieve.
—Hace una hora estabas mirando desde los pinos. Ahora vienes hablando de vender.
—Te estoy ofreciendo una salida.
—Ya tengo una puerta.
Evaristo respiró hondo.
—Mercedes, estás sola.
Ella miró hacia la casa.
Por la ventana se veía la luz de la estufa.
Durante dos años aquella frase le había dolido porque era cierta.