Esa tarde seguía siendo viuda.
Seguía durmiendo en la misma habitación donde Julián había muerto de fiebre.
Seguía haciendo sola el trabajo que antes repartían entre dos.
Pero la palabra ya no significaba lo mismo.
—Eso no te hace dueño de nada —respondió.
Evaristo montó otra vez.
—Cuando esto empeore, no digas que no intenté ayudarte.
Se marcharon.
Uno de sus acompañantes volteó dos veces hacia atrás.
Mercedes esperó hasta que los caballos desaparecieron.
Solo entonces descubrió que Sewerá estaba detrás de la puerta, sujetándose de la pared.
—Te dije que no salieras.
—No salí.
Mercedes casi se rio.
Casi.
Sewerá miró la cuerda en su mano.
—Ese hombre no quiere que tengas miedo de nosotros.
—No.
—Quiere que tengas miedo de quedarte.
Mercedes volvió la vista al camino.
Eso era exactamente lo que Evaristo llevaba dos años intentando hacer.