Por primera vez comprendió que alejarse de su antigua casa no significaba que aquella casa hubiera dejado de alcanzarla.
—Mi padre les dijo dónde encontrarte.
Baltasar no respondió de inmediato.
—Es posible.
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—No digas “es posible”.
La firmeza de su propia voz la sorprendió.
Toda su vida había aprendido a callar para evitar una humillación mayor, pero aquella mañana el silencio le pareció otra forma de entregar terreno.
—Si sabes algo, dímelo.
Baltasar clavó la pala en la tierra.
—Los hombres que prestaron dinero a tu padre preguntaron por mí antes de la boda.
Jacinta lo miró.
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—¿Por qué?
—Porque él les habló del oro.
El estómago de Jacinta se endureció.
De pronto recordó una conversación escuchada semanas atrás, cuando uno de los prestamistas había preguntado cuánto podía producir un arroyo de montaña y Eusebio había contestado que un hombre como Vega no bajaba al pueblo solamente por pieles.