Jacinta esperaba una discusión.
En cambio, él bajó la cabeza apenas, como quien reconoce un golpe limpio.
—Tienes razón.
Dos palabras.
Nada más.
Pero Jacinta sintió algo extraño al escucharlas.
En casa de Eusebio nadie había pronunciado esas palabras después de que ella contradijera a un hombre.
Baltasar acercó otra silla a la mesa.
—Si volvemos, iremos porque tú elegiste hacerlo, no porque yo te lleve.
Jacinta se sentó.
—Quiero saber qué dijo mi padre.
Baltasar asintió.
—Entonces debemos llegar antes que ellos.
Partieron poco después del amanecer siguiente.
No regresaron por el sendero principal que los tres hombres habían usado, sino por una ruta más larga entre laderas cubiertas de pino y terreno seco.
Jacinta llevaba los pantalones gruesos y las botas que Baltasar había comprado para ella.
La ropa era sencilla, pero montar sin tener que cuidar una falda que se enganchara en cada rama le resultó tan práctico que terminó riéndose cuando cruzaron el primer arroyo.