Baltasar la miró desde su caballo.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Te estás riendo.
—Porque mi madrastra se desmayaría si me viera vestida así.
Baltasar tardó un segundo.
—Entonces espero que esté sentada cuando lleguemos.
Jacinta soltó otra carcajada.
Fue breve.
El miedo seguía ahí.
Pero ya no ocupaba todo el espacio.
Llegaron a San Jerónimo del Cobre cuando el sol comenzaba a caer detrás de los techos bajos y la calle principal estaba cubierta por una capa fina de polvo.
La primera cosa que Jacinta vio fueron dos de los caballos entregados a Eusebio amarrados frente a la tienda.
El tercero no estaba.
La segunda fue la puerta abierta.
Dentro se escuchaban voces.
Eusebio discutía con dos hombres.
—¡Vega me engañó!
Jacinta detuvo el caballo.
Baltasar no dijo nada.
Ella desmontó primero.
Entró a la tienda con las piernas tensas y todavía doloridas por el viaje.