Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

Teresa intervino.

—Se llevó una maleta.

—Exactamente.

—Una maleta, don Víctor. Sus muebles seguían adentro.

Víctor guardó silencio.

Teresa había visto salir a Ana cargando fotografías, papeles y objetos personales, pero también había visto las habitaciones todavía llenas.

Nadie que estuviera intentando salvar deliberadamente todo lo suyo habría dejado atrás décadas de pertenencias.

Rita volvió la mirada hacia la casa.

Su siguiente pregunta llegó demasiado rápido.

—¿Y ahora qué pasa con lo que me prometiste?

Víctor giró hacia ella.

No preguntó dónde dormiría él durante la recuperación.

No preguntó si estaba bien.

No preguntó qué había perdido Ana.

Preguntó por la promesa.

Por primera vez, Víctor escuchó sus propias palabras desde el otro lado.

Tres niveles.

Jardín.

Garage para dos coches.

Lo mínimo que te mereces.

Había hablado de aquella casa como si fuera un premio que podía entregar, sin mencionar que Ana había vivido allí durante veintidós años y sin aceptar que legalmente el nombre que aparecía en los documentos no era el suyo.

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