Quizá por eso también había aprendido que yo siempre estaría disponible.
—Esta vez no voy a decidir por ti.
Me miró sorprendida.
—Tienes que elegir quién quieres ser cuando todo esto termine.
Mientras Daniela tomaba su decisión, Arturo, mi abogado Tomás Herrera y yo seguimos trabajando.
Descubrimos que Rodrigo preparaba una transferencia de ciento veinticinco millones de pesos hacia una estructura extranjera. Era prácticamente todo el dinero líquido que quedaba.
Planeaba ejecutarla después de la gala anual del Grupo Alcántara, donde esperaba convencer a nuevos inversionistas de aportar capital.
Entregamos la información a las autoridades.
La operación quedó inmovilizada.
Pero Rodrigo no lo sabía.
Tomás hizo algo aún mejor.
Llamó al abogado de Rodrigo fingiendo que yo quería negociar.
Les dejó creer que estaba cansado, asustado y dispuesto a aceptar dinero a cambio de retirarme.