Sólo lo había usado dos veces.
En mi cumpleaños.
Y en su funeral.
Aquella sería la tercera.
El evento se celebró en un hotel de Santa Fe.
Más de cuatrocientas personas ocupaban el salón.
Héctor Alcántara conversaba con inversionistas veteranos.
Isabel sonreía junto a varias mujeres de sociedad.
Mauricio estaba en el bar, con un whisky que casi no tocaba.
Rodrigo caminaba como si todo el edificio le perteneciera.
Mi hija Mariana llegó conmigo.
Daniela no asistió.
Tenía algo más importante que hacer: enfrentar su propia responsabilidad.
Rodrigo me vio y se acercó.
—No esperaba verlo aquí, don Rafael.
—Me invitaron.
—No yo.
Sonrió.
—Después de mi presentación podemos hablar. Creo que estamos cerca de llegar a un arreglo.
—Mucho más cerca de lo que imaginas.
No entendió.
A las ocho y media bajaron las luces.