Vivíamos en una casa pequeña.
Compartíamos un automóvil viejo.
Y cuando Julián comenzó su negocio, fui yo quien utilizó sus ahorros para pagar las primeras facturas.
Trabajaba como contadora.
Pasaba las mañanas en una oficina y las noches ayudándolo con sus cuentas.
Pero cuando su empresa comenzó a crecer, él cambió.
Primero fueron las reuniones interminables.
Después los viajes.
Luego las cenas a las que ya no me invitaba.
Y finalmente llegó el desprecio.
—Tú no entenderías estas cosas, Rosa Elena —me decía cuando preguntaba por la empresa—. Dedícate a la casa.
Yo permanecía en silencio.
No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque siempre encontraba una razón para seguir intentando salvar nuestro matrimonio.
La razón más importante era su madre.
Doña Mercedes Villaseñor.
Cuando me casé con Julián, ella tenía sesenta y tres años.