"Rosa Elena:
No sé cómo pedirte perdón.
Cuando llegué a casa y vi la urna de mamá, sentí que el mundo se me venía encima.
No sabía que estaba tan grave.
Pensé que tus llamadas eran por alguna discusión o algún problema pequeño.
Sé que no tengo excusa.
Por favor, déjame verte.
Necesito hablar contigo."
Leí la carta dos veces.
Después la guardé.
No respondí.
Una semana más tarde, mi abogada me informó que los representantes legales de Julián habían recibido las primeras solicitudes relacionadas con la empresa.
Al principio, él negó que yo tuviera derechos accionarios.
Después reconoció que había existido una participación original.
Finalmente aceptó que debían revisarse los documentos.
Pero cuando supo que Mercedes había conservado actas y correspondencia antigua, cambió completamente de actitud.
Pidió una reunión.
Esta vez acepté.