Julián guardó silencio.
—Encontré una carta que ella me dejó.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué decía?
—Que estaba orgullosa del hombre trabajador que fui cuando era joven, pero que le dolía la persona en la que me convertí.
No respondí.
—También decía que debía dejar de usar el trabajo como excusa para abandonar a quienes me querían.
Escuché que respiraba profundamente.
—Tenía razón.
Miré el jardín.
Las bugambilias se movían suavemente con el viento.
—Tu mamá siempre decía lo que pensaba.
Julián soltó una pequeña risa triste.
—Sí.
Después hizo una pausa.
—Rosa Elena, sé que ya es tarde para nosotros. No te llamo para pedirte que regreses.
Esperé.
—Solo quería agradecerte por haber cuidado a mi madre cuando yo no estuve.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.