—La quería mucho, Julián.
—Lo sé.
Su voz se quebró.
—Y sé que ella también te quería.
Nos despedimos.
No hubo promesas.
No hubo reconciliación.
Pero por primera vez sentí que Julián comprendía una pequeña parte del daño que había causado.
Aquella tarde salí al jardín.
Me senté bajo una bugambilia y abrí una caja donde guardaba los recuerdos de Mercedes.
Dentro estaba la pequeña llave de plata.
La misma que había colocado en mi mano durante sus últimos segundos de vida.
La sostuve entre los dedos.
Pensé en todo lo que había ocurrido desde aquella noche.
La muerte de mi suegra.
Las treinta llamadas.
La infidelidad.
Los documentos.
El divorcio.
La casa.
Mi nueva vida.
Y comprendí que aquella llave había abierto mucho más que una caja de seguridad.
Había abierto una puerta que yo misma llevaba años negándome a cruzar.