Aquella noche, cuando todos se marcharon, me quedé sola en la terraza.
El lago reflejaba las últimas luces del atardecer.
Sobre la mesa tenía la fotografía de Mercedes.
La observé durante mucho tiempo.
—Lo logré, mamá —susurré.
El viento movió suavemente las hojas.
—Me fui.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Y estoy bien.
Por primera vez en años, aquellas palabras eran completamente ciertas.
No necesitaba que Julián regresara.
No necesitaba que Daniela pidiera perdón.
No necesitaba demostrarle nada a nadie.
Tenía trabajo.
Tenía amigas.
Tenía un hogar.
Y había aprendido a vivir sin pedir permiso para ser feliz.
Recordé la última noche en el hospital.
Mercedes apretando mi mano.
Su mirada firme.
Sus labios pronunciando aquellas palabras.
"Ya no llores."
En aquel momento pensé que me estaba pidiendo que fuera fuerte para despedirla.
Ahora entendía que también me estaba dando permiso para dejar atrás una vida que me había hecho sufrir.