La puerta hacia mi libertad.
Unos meses después, en el aniversario del fallecimiento de Mercedes, organicé una pequeña reunión en su memoria.
Invité a sus amigas.
A algunas vecinas.
Y a las personas que habían recibido su ayuda durante años.
Preparamos café de olla.
Pan dulce.
Y los tamales de elote que tanto le gustaban.
Una de sus antiguas amigas, doña Teresa, se acercó a mí.
—Rosa Elena, Mercedes siempre hablaba de ti.
Sonreí con tristeza.
—¿De verdad?
—Decía que eras la hija que la vida le había regalado.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Teresa me tomó la mano.
—Pero también decía algo más.
—¿Qué cosa?
—Que le preocupaba que pasaras toda tu vida cuidando a los demás y olvidaras cuidarte a ti misma.
Bajé la mirada.
—Tenía razón.
La mujer sonrió.
—Entonces me alegra que finalmente la hayas escuchado.