Las llamadas.
Los golpes en la puerta.
Y la frase que había escuchado:
«Te dije que esperaras hasta que abriera».
Los agentes tomaron nota.
También revisaron la zona de la entrada.
Encontraron señales de manipulación en el mecanismo de la reja.
Aquello reforzó la necesidad de investigar si el hombre había intentado acceder a la propiedad sin autorización.
Antes de marcharse, uno de los policías me dijo:
—Hizo bien en pedir ayuda y no abrir la puerta.
Yo miré hacia el jardín.
El oso de peluche seguía sobre el camino de piedras.
Uno de los agentes lo recogió para entregarlo a los responsables de atender a la niña.
No pude evitar llorar.
Porque aquella pequeña también había sido víctima de una situación que ningún niño debería vivir.
La llamada de mi hija