Pero aquella experiencia me enseñó algo importante.
La compasión y la prudencia pueden ir de la mano.
No tuve que abrir mi casa para ayudar a la niña.
Pude llamar a las autoridades.
Pude explicar lo que estaba viendo.
Y pude permanecer en un lugar seguro mientras llegaban personas preparadas para intervenir.
También comprendí que no debemos juzgar a un niño por una situación que puede estar fuera de su control.
Los adultos tenemos la responsabilidad de proteger a los menores.
No de utilizarlos para nuestros propios intereses.
Aquella noche tuve miedo.
Muchísimo miedo.
Pero también sentí una enorme tristeza al pensar en lo que podía estar viviendo esa pequeña.
La última vez que miré por aquella ventana
Un mes después de lo ocurrido, me desperté nuevamente cerca de las tres de la madrugada.
Escuché un ruido en el jardín.