Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Me levanté despacio.
Miré la pantalla de la cámara que habíamos instalado.
Era un gato.
Estaba caminando junto al limonero.
Sonreí.
Por primera vez en semanas, sentí que podía respirar con tranquilidad.
Volví a la cama.
Antes de apagar la luz, miré una fotografía de Manuel que tenía sobre la mesa.
Recordé algo que solía decirme:
—Teresa, nunca pierdas tu buen corazón. Pero tampoco olvides cuidarte.
Aquellas palabras parecían tener más sentido que nunca.
Me acosté.
Cerré los ojos.
Y pensé en la niña.
Esperaba que, dondequiera que estuviera, también pudiera dormir tranquila aquella noche.
Reflexión final
Lo que comenzó como la aparición inexplicable de una niña en un jardín terminó revelando una situación mucho más preocupante.
Teresa creyó que estaba frente a una pequeña extraviada.