No sabía cómo había entrado.
La reja del frente permanecía cerrada.
Al menos eso parecía desde mi dormitorio.
La pequeña llevaba un vestido amarillo que contrastaba con la oscuridad.
Tenía las piernas descubiertas y unas zapatillas blancas.
Sostenía un oso de peluche.
Durante varios segundos pensé que estaba soñando.
Me froté los ojos.
Pero seguía allí.
La niña que no respondía
Mi primera reacción fue preocuparme por ella.
Una criatura de aquella edad no debería estar sola en la calle a semejante hora.
Pensé que quizás vivía cerca.
O que había salido de su casa después de una discusión familiar.
Abrí apenas la ventana, sin retirar la protección metálica.
—Pequeña, ¿estás bien?
La niña no respondió.
—¿Dónde están tus padres?
Continuó mirándome.
Su rostro estaba parcialmente iluminado por la luz de la calle.