Llegó a una cita a ciegas con su bebé en brazos, y todos esperaban que aquel hombre se marchara...

—Cuando cargué a Sofía aquella tarde, sentí algo que no sentía desde hacía muchísimo tiempo.

—¿Qué?

—Que mi presencia importaba.

Daniela tragó saliva.

—Tú importas para mucha gente.

—Mi firma importa para mucha gente. Mis decisiones importan. Mi dinero importa.

Negué con la cabeza.

—No es lo mismo.

Miré hacia el pasillo donde dormía Sofía.

—Aquella tarde no necesitaba que yo resolviera una negociación. Una bebé necesitaba unos brazos mientras su madre comía tranquilamente.

Sonreí.

—Y, por absurdo que parezca, aquello me hizo sentir más útil que muchas reuniones importantes de mi vida.

Los ojos de Daniela se llenaron de lágrimas.

—Pero yo sí necesito ayuda.

—Todos necesitamos ayuda.

—No, Ricardo. Hablo de ayuda real. Dinero algunas veces. Tiempo. Cuidado para Sofía. Hay cosas que tú puedes darme y que yo no puedo devolverte.

Entendí lo que le preocupaba.

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