Sofía ya dormía.
Nos sentamos en la sala.
—Necesito preguntarte algo —dijo.
—Pregunta.
—¿Por qué haces todo esto?
—¿Todo qué?
—Venir aquí. Ayudarme. Cuidar a Sofía.
Me observó con atención.
—Eres un hombre con dinero, experiencia, contactos. Podrías salir con mujeres que no tienen una bebé, problemas económicos ni horarios imposibles.
Sonrió con tristeza.
—Mujeres mucho menos complicadas que yo.
Pensé la respuesta antes de hablar.
—Porque durante treinta años construí una empresa pensando que algún día llegaría a un punto en el que sentiría que todo había valido la pena.
Daniela escuchaba en silencio.
—Llegué a ese punto. Y no sentí nada.
Me incliné hacia delante.
—Había conseguido exactamente lo que quería. Dinero. Reconocimiento. Libertad. Y regresaba a casa sin tener a quién contarle cómo había sido mi día.
Ella bajó la mirada.