Y pensé que no habría cambiado aquel momento por ningún evento elegante del mundo.
Tiempo después, completamos el proceso para que yo pudiera convertirme legalmente en su padre.
Pero para entonces el documento solo confirmó algo que ya llevaba años sintiendo.
Sofía era mi hija.
Hoy tengo 66 años.
Ella tiene nueve.
Sabe que no soy su padre biológico.
Nunca se lo hemos ocultado.
Cuando tenía seis años me preguntó una tarde:
—Entonces, ¿tú me elegiste?
—Sí.
Se quedó pensando.
Después sonrió.
—Pues yo también te habría elegido.
Tuve que mirar hacia otro lado para que no viera que estaba llorando.
Daniela terminó sus estudios y ahora trabaja como enfermera en el área infantil de un hospital de la ciudad.
Sigue llegando cansada algunos días.
Pero es un cansancio diferente.
Está haciendo aquello que soñaba hacer antes de que su vida cambiara de golpe.