Si hubiera terminado mi café.
Si hubiera pagado y salido.
Probablemente habría vuelto a mi departamento.
Habría trabajado esa noche.
El lunes habría regresado a la oficina.
Y quizá habría pasado otros diez años creyendo que simplemente no estaba hecho para tener una familia.
En cambio, dije:
“Siéntate”.
Eso fue todo.
Una decisión pequeña.
Después vino otra.
Cargar a Sofía para que Daniela pudiera comer.
Volver a verla.
Presentarme cuando necesitaban ayuda.
Escuchar.
Quedarme.
Durante mucho tiempo pensé que las decisiones más importantes de mi vida habían sido fundar una empresa, aceptar inversiones, contratar personas o cerrar grandes acuerdos.
Estaba equivocado.
Una de las decisiones más importantes que he tomado duró apenas unos segundos.
Una madre llegó tarde a una cita con su hija en brazos.
Me dio la oportunidad de marcharme.
Y yo decidí quedarme.
Elena todavía presume que todo ocurrió gracias a ella.